Aquí estamos

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Aquí estamos

Aquí estamos, en la vida. Un día inició nuestra existencia. Desde un amor o un “accidente”. Desde esposos o entre novios. En tiempo de paz o bajo el ruido de las bombas. En el “mejor” momento o cuando parecíamos ser sólo un problema más en la vida de una familia pobre y preocupada.

Cada uno fue concebido en un lugar distinto, sin ser preguntado, a veces sin ser esperado. Empezar a vivir es un misterio. Un misterio que encontró protección, amor, cariño, por parte de nuestros padres, de médicos, de amigos. Un misterio que sigue adelante, entre mil sorpresas, alegrías, penas, esperanzas, fracasos y premios.

Aquí estamos, porque nos amaron. Aquí estamos, porque también nosotros queremos amar, dar, ofrecer eso que somos: un poco de polvo, de carne, de nervios, de corazón y de cabeza, de pasiones y de espíritu, de santidad y de pecado. Porque también queremos devolver parte de esa moneda que es la vida para que otros la disfruten, para que otros puedan ir a nuestro lado, para que otros sientan un poco de cariño. Un cariño que quizá necesitan con angustia, piden con humildad, esperan con paciencia. Un amor que también hará más bello ese vivir de ellos, este vivir nuestro, si la vida es amor, y si amor significa darse por entero al amado.

Aquí seguimos, en camino, hacia nuevas metas. Sanos o enfermos, ricos o pobres, con estudios universitarios o con la experiencia de un aprendiz adolescente, en una gran ciudad o entre chabolas. Las metas a veces parecen sueños inalcanzables. Pero nos empujan a dar nuevos pasos, a marchar hacia adelante, a buscar el porqué de esta pobreza, de este hijo enfermo, de la lenta agonía del abuelo.

Aquí estamos. No somos cometas perdidas en el espacio, ni el resultado casual del caos evolutivo. No somos un absurdo, ni un problema, ni un número en los registros de un estado. Hay algo grande, sublime, divino, que mueve nuestros pasos, que nos interpela hacia horizontes nuevos, que nos dice que existe un Padre bueno. Un Padre que hace llover sobre buenos y malos, que da comida a los gorriones y a los cuervos, que siente compasión de la viuda y del huérfano.

Soy importante, soy valioso para el Padre de los cielos. Soy importante, soy querido, hasta el punto de poder recibir, cada domingo, el Cuerpo del Hijo Amado. Soy importante, soy eterno, porque el Amor no termina con la muerte.

Aquí sigo, vivo, palpitante, esperanzado. Puedo soñar y amar. Puedo dar lo que recibo, puedo reflejar un poco, entre los míos, la bondad de ese Dios que me susurra, que me grita, que me recuerda a todas horas la gran verdad: que me quiere con locura...