Biografías con futuro

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Biografías con futuro

 

Cuando alguien muere, se cierra su biografía terrena. Queda fijada su historia, sus éxitos, sus fracasos, sus hazañas o sus fechorías. Ya no es posible añadir ninguna nueva decisión, ya no se puede cambiar lo que fue una vida más o menos larga. Todo se termina en el mundo visible, para abrirse al más allá.

La historia se escribe mejor cuando se apoya sobre un ataúd. El cadáver no puede corregir lo que se dice sobre él. Quizá algún familiar, algún amigo, puedan decir que este detalle recogido por el historiador no es verdadero. En el futuro podrán aparecer nuevos documentos que den pistas sobre lo que ocurrió o sobre lo que dejó de ocurrir. Pero esto es un problema de los históricos: les toca a ellos investigar para poder contar lo que realmente pasó. El hecho es que lo que ocurrió en el pasado, una vez que uno ha muerto, no lo puede cambiar nadie...

Cada uno de los que estamos vivos también tenemos nuestra pequeña historia, nuestra biografía. Hemos escrito páginas que están ahí, fijas, inalterables. No podemos suprimirlas, no podemos cambiarlas. Pero nuestra biografía es algo abierto: estamos en camino, y las decisiones que podemos tomar para el futuro pueden dar sorpresas, para bien o para mal...

Algunos psicólogos del siglo XX nos han acostumbrado a pensar que somos casi esclavos del pasado. Un accidente, un trauma infantil, una frustración sexual, un conflicto familiar, son suficientes para condicionarnos, para “fijarnos” en una personalidad determinada.

La verdad es mucho más compleja. El hombre vive desde su pasado y camina hacia su futuro, en un presente que muchas veces se construye con decisiones libres. Negar la libertad es considerar que somos como robots o como computadoras que siguen programas preestablecidos. Sin libertad no hay responsabilidad, ni humanidad, ni historia: sólo un determinismo trágico o cómico según la suerte que le haya tocado a cada uno.

También ha habido otros psicólogos, como Viktor Frankl, que han subrayado la libertad del hombre. Según ellos, todo hombre puede conservar su libertad interior incluso en las situaciones más dramáticas. En la angustia y en la humillación de un campo de prisioneros cada hombre sigue siendo interiormente libre: nadie puede mandar sobre la conciencia de los demás. Es verdad que algunos presos caen en forma de neurosis o en otras enfermedades mentales que anulan su libertad. Pero otros pueden “sobrevivir” a las formas más atroces de injusticia o de pobreza para sacar a la luz su humanidad profundidad, para decidir sus pensamientos y sus amores, para avanzar hacia la libertad plena de la lucha y la esperanza.

Muchas veces nosotros mismos nos condicionamos, cerramos las puertas a todo futuro, creemos que nuestra historia está escrita en todos sus detalles. Pensar así es equivocarse. Mientras no ocurra un accidente grave, mientras una enfermedad psíquica o física no dañe irremisiblemente nuestra salud mental, somos libres. Podemos cambiar. El futuro está ahí, indeterminado, delante de nosotros. Los errores del pasado, aunque hayan dejado una huella muy honda en nuestra vida, no nos quitan el poder de la libertad, que es capaz de dar un fuerte golpe de timón para cambiar el rumbo de nuestra existencia.

Un despiadado criminal de la Segunda Guerra Mundial “desapareció” de la cárcel en la que lo habían encerrado los rusos. Muchos creyeron que había sido ayudado a escapar por algunos de sus amigos. Años después se supo que había ido a parar a un campo de concentración en Siberia. Quienes lo conocieron allí, dijeron que era un hombre sumamente cordial y bueno, un caballero. Si un sanguinario asesino pudo vivir sus últimos años como una persona digna, ¿seremos nosotros tan malos que no podamos cambiar?

Nuestras biografías tienen un futuro por delante. No sabemos cuánto tiempo nos queda, pero sí podemos saber qué nos pide la vida, qué nos suplican los demás, qué nos insinúa Dios. La respuesta depende de nosotros, de nuestra generosidad, de nuestra alegría e ilusión por vivir. Nunca es tarde. Basta con amar, y la decisión nacerá por descontado. El resto lo contarán, si nuestra vida les resulta “interesante”, los historiadores. Lo que no cuenten ellos lo sabe Dios, y esto nos basta...