Adultos con corazones jóvenes

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Adultos con corazones jóvenes

El P. Mario volvía alegre cuando le tocaba reunirse con los jóvenes de la parroquia. En cambio, su rostro era mucho más austero los días en que daba conferencias para adultos.

El padre abad lo había notado, y quería hablar con aquel sacerdote joven y lleno de entusiasmo.

Una tarde de otoño encontró la ocasión. El P. Mario estaba en el jardín, con un libro entre sus manos y la mirada reflexiva.

-Buenas tardes, P. Mario. ¿Cómo te fue esta semana?

-Hola. Con los jóvenes maravilloso. Pero otra vez tuve problemas con los adultos.

-¿Qué ocurre?

-Noto dos mundos completamente diferentes. El joven tiene problemas, tiene dudas, hace continuamente preguntas. Pero tiene un corazón abierto, es capaz de escucharte. Sus prejuicios desaparecen con facilidad, y busca momentos para el diálogo. Te acepta si le hablas al corazón, sencillamente. Quizá luego viva según el ambiente, es posible que no cumpla sus promesas, pero al menos tiene algo en su interior que le permite abrirse a Dios.

-¿Y los adultos?

-Bueno, espero no ser injusto, pues hay muchos tipos de adultos. Pero algunos tienen ya las ideas firmes, inamovibles. La “experiencia” les hace pensar que los ideales no sirven para la “vida real”, que el mundo moderno no deja espacio para los mandamientos, que el Evangelio es algo útil sólo mientras uno es un niño o un adolescente, que la Iglesia está anticuada, que no es posible dejar un modo de vivir que “funciona” a base de trampas.

-Me parece un juicio un poco severo...

-Quizá exagero un poco. Estoy seguro de que existen adultos abiertos y sencillos, frescos como un niño que abre los ojos de aceituna al ver los colores del crepúsculo. Pero no sé dónde encontrarlos. Cuando la vida les ha dado muchos golpes, cuando han cometido adulterios o han calumniado a sus “amigos”, cuando han llegado a la tragedia del divorcio, cuando la muerte de un ser querido les ha hecho pensar que Dios no es bueno... ¿quién puede hacerles ver la vida de otra manera?

El padre abad escuchaba con atención. El P. Mario era bueno, con un deseo inmenso de hacer el bien a las personas del valle. Por eso sufría, y mucho, al encontrarse corazones que parecían endurecidos, al menos en la superficie...

-P. Mario, es cierto que las personas, conforme crecen, toman actitudes cada vez más fijas. Parece que ya nada ni nadie podrá abrir otros horizontes para algunos, ni explicarles que existe un Dios bueno.

Te responderán que ya lo han probado todo, que de niños fueron al catecismo, que están hartos de las homilías y que el Evangelio es un libro hermoso pero impracticable.

Quizá algunos tengan una idea confusa sobre Cristo: lo ven como a un extraterrestre, o como a un líder carismático, o como a un fracasado, o como a un soñador. Otros simplemente no quieren que nadie ni nada se meta en sus vidas ni les cambie sus convicciones.

También es cierto que los jóvenes, aunque no todos, están más abiertos. Buscan verdades, escuchan y hablan con el corazón en la mano. A veces les ciegan sus pasiones, pero pueden, tras un desengaño o simplemente ante tu corazón sincero, abrirte una pena, presentarte una duda, pedirte la confesión, o simplemente ir un rato contigo a rezar ante el Sagrario.

Pero en cada adulto, si miras más a fondo, te darás cuenta de que sigue vivo un joven apasionado. Un joven que sabe que sus frases hechas y sus libros no acaban de resolver sus dudas. Un joven que desea que los familiares difuntos sigan vivos en algún rincón del mundo celeste. Un joven que duda y que desea encontrar alguien que le indique el camino, que le abra a la esperanza, que le repita que existe un Dios capaz de perdonar al miserable arrepentido y de levantar al caído que pide ayuda. Un joven que piensa que puede romper con sus vicios, dejar pecados muy arraigados, pedir perdón a la esposa o al esposo traicionados. Un joven que puede empezar a ser bueno.

Sé que es duro trabajar con los adultos, pero ellos necesitan, como nadie, más tiempo, más paciencia, más ayuda, más cariño, más esperanza.

Tú eres joven y es normal que sientas más sintonía con quienes son como tú: más llenos de sueños y proyectos que de fijaciones y desencanto. Por eso, porque eres joven, también podrás abrirte y comprender que en las personas maduras, los que tienen 40, 50, 60 o más años, hay un anhelo profundo de cariño y un deseo de cambio que nadie puede suprimir.

Ese anhelo, lo sabemos tú y yo, viene del mismo Dios, que pide, que espera, que llama a todas horas. Que ama mucho a Nicodemo, con toda su ciencia y sus canas, y que le pide un nuevo paso. Si logramos que cada uno pudiera, al menos por unos momentos, dejarse tocar por Dios, verías milagros donde menos uno lo esperaría.

El P. Mario ha escuchado, desde el corazón, al padre abad. El sol, ruborizado, ha dejado de acariciar encinas. El poblado ha encendido sus luces pasajeras, mientras se escucha, a lo lejos, el ulular de un búho cariñoso.

Dios acompaña, amorosamente, a dos sacerdotes que van a rezar unos instantes en la iglesia. Una estrella ha desaparecido, para siempre, entre las sinfonías de la noche. En una casa Felipe, con sus 60 años bien llevados, acaba de abrir el Evangelio y comprende, por primera vez en su vida, las palabras del Maestro: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos...” (Mt 5,3).