El Papa Benedicto y la unidad
Antonio Maza Pereda
Finalmente, después de una espera más breve de lo previsto,
tenemos un nuevo Papa. Benedicto, es decir bendito. No dejan de ser
interesantes, aunque también de preocupar, algunas de las reacciones
que empiezan observarse, sobre todo en los medios. Para empezar, se
habla del sucesor de Juan Pablo II y, por supuesto, se hacen
comparaciones: que si no tiene el carisma, que si no es tan
simpático, que le costará mucho llegar a la altura del Papa recién
fallecido. En esto hay una falacia; Benedicto XVI no es,
estrictamente hablando, sucesor de Juan Pablo II; es el sucesor de
Pedro, es el vicario de Cristo en la tierra. Y como tal, nunca
estará a la altura de esa misión; nunca estará a la altura del
carisma, de la caridad, de la sabiduría del Señor Jesús. Y ningún
Papa ha estado a esa altura.
Otro tipo de mensajes tratan de hacernos creer, mediante
encuestas y citas de opiniones personales, que hay decepción entre
los católicos; supuestamente todos esperábamos un nuevo pastor que
aceptara todos los temas que, con caridad pero con firmeza, Juan
Pablo II declaró como inaceptables: el aborto, el matrimonio de
homosexuales, la ordenación de sacerdotisas, el matrimonio de los
sacerdotes y otros muchos. ¿Será verdad que hay muchos católicos
decepcionados? Si estos temas, tan polémicos, fueran tan importantes
para la mayoría de los católicos, ¿cómo explicarse las muchedumbres
que siguieron a Juan Pablo II en vida y aún después de su muerte?
La apuesta de ciertos sectores es, seguramente, a sembrar
división en Iglesia; a evitar que en torno a nuevo Papa haya unidad.
Ya estamos oyendo a los profetas de las catástrofes: que si la
Iglesia se acaba, que si no cambia se quedará sin fieles y
sacerdotes, que cada vez está más lejos de las muchedumbres... La
maniobra es transparente: se trata de hacer difícil el pontificado a
este nuevo Papa.
Algo hay de verdad en esos comentarios: seguramente no basta con
seguir las visitas del Papa, no basta con estar presente en las
ceremonias y en las liturgias; todos debemos de dar un paso más. Lo
más difícil, pero también lo más necesario, es que nuestra
solidaridad con el Papa se exprese también a nivel de aceptar sus
enseñanzas, de ser fieles a la doctrina que la Iglesia nos propone,
y vivir de acuerdo con sus enseñanzas morales. Esto, obviamente, es
mucho más difícil. La auténtica unidad en torno a nuestro pastor nos
exige, además de nuestra presencia y de nuestro cariño y devoción
por el papado, un cambio de vida. Un cambio que no es fácil, que nos
pide modificar actitudes y costumbres hondamente arraigadas.
Significa ir contra la corriente, contra lo fácil, contra lo que se
nos propone en la sociedad y en muchos medios como lo deseable, como
lo placentero, como lo racional. Hoy, como en tiempos de san Pablo,
el cristianismo es locura para los paganos. Y no hay remedio; si
queremos seguir la doctrina de la Iglesia, muchas veces seremos
considerados como atrasados, como incultos, como locos en suma.
Ante este panorama, la única respuesta es la unidad; unidad con
la Iglesia, unidad con nuestros pastores y, sobre todo, unidad en
torno a Benedicto XVI, el hombre que, por la gracia de Dios es hoy,
como decía santa Catalina de Siena, el dulce Cristo en la tierra.
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