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La Eucaristía Misterio de Comunión y centro de la vida de la Iglesia
+ Juan Cardenal Sandoval
Íñiguez,
Arzobispo de Guadalajara
44 La Eucaristía es sacramento de unidad en la Iglesia, como lo proclama san
Pablo: "Porque aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues
todos participamos de un solo pan" (1Cor 10,17).
Cristo mismo, en la oración que elevó al Padre por sus discípulos, después
de haber instituido la Eucaristía, expresa su anhelo de que todos sean uno y
permanezcan en Él, como Él permanece en el Padre (cfr. Jn 17,20-23). Los
Hechos de los Apóstoles nos muestran la realización eficaz de una comunidad
de vida y de sentimientos en torno a la fracción del pan (cfr. Hech
2,42-47). Es la unidad que simboliza y produce la Eucaristía.
45 La participación en una única mesa es ya, por sí misma, símbolo de
fraternidad y de comunión de sentimientos. El signo exterior del alimento
que se consume es también, como nos recuerda la Didaché (cfr. 9,4), fruto
del trigo disperso por los campos y recogido en un mismo pan, como símbolo
de la unidad de la Iglesia, reunida de todas las extremidades de la tierra.
Este simbolismo eucarístico, en relación con la unidad de la Iglesia, ha
sido suficientemente tratado por los Santos Padres desde el inicio de la
Iglesia, y el Concilio de Trento lo recoge cuando afirma que Cristo dejó la
Eucaristía a su Iglesia "como símbolo de su unidad y caridad, con la que
quiso que todos los cristianos estuvieran entre sí unidos y estrechados" (DH
1628), y como símbolo de aquel único Cuerpo del que Él mismo es la cabeza.
También el Vaticano II describe la Eucaristía como "sacramento de amor,
signo de unidad, vínculo de caridad" (SC 47 – refiriéndose a san Agustín).
46 Ahora bien, si la Eucaristía es fuente de unidad, es también centro de la
vida de la Iglesia, y esto se debe a que en ella tenemos un principio único
y trascendente, en virtud del cual puede conseguirse lo que a los hombres
les es imposible en razón de su pecado y de su disgregación. Este principio
de unidad es el cuerpo físico de Cristo, entregado a su Iglesia para
edificarla como su Cuerpo Místico, del cual Él es cabeza y nosotros sus
miembros.
47 La Iglesia hace la Eucaristía y la Eucaristía hace la Iglesia (cfr. RH
20). Por eso, la Eucaristía es centro de la vida de la Iglesia, y hacia ella
se ordenan los demás sacramentos (cfr. SC 7), los ministerios eclesiales y
las obras de apostolado. Es la sagrada Eucaristía la fuente y cumbre de la
predicación evangélica. En la Eucaristía se contiene todo el bien espiritual
de la Iglesia, a saber: Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan vivo, por su
carne vivificada y vivificante por el Espíritu Santo, que da vida a los
hombres (cfr. PO 5).
48 El misterio eucarístico debe ser, en consecuencia, el centro de la
Iglesia local. La Iglesia de Cristo está verdaderamente presente en todas
las legítimas reuniones locales de los fieles que, unidos a sus pastores,
reciben también, en el Nuevo Testamento, el nombre de Iglesias. En ellas se
congregan los fieles por la predicación del Evangelio, y se celebra el
misterio de la Cena del Señor, para que, por medio de su cuerpo y sangre,
queden unidos todos en fraternidad. En estas comunidades, aunque sean
frecuentemente pequeñas y pobres o vivan en la dispersión, está presente
Cristo, por cuya virtud se congrega la Iglesia, una, santa, católica y
apostólica. Pues la participación del cuerpo y la sangre del Señor hace que
pasemos a ser aquello que recibimos (cfr. LG 26).
49 La Eucaristía, misterio de comunión, es para la salvación del mundo. Las
Iglesias y comunidades separadas, a pesar de sus deficiencias, son medio de
salvación, cuya virtud, dice el Vaticano II (cfr. UR 3), deriva de la misma
plenitud de gracia y de verdad que fue confiada a la Iglesia católica.
Dichas Iglesias no gozan de aquella unidad que Cristo confirió a su Iglesia,
porque no disfrutan de la plenitud de los medios de salvación con los que
Cristo la enriqueció. Entre estos medios de salvación reviste particular
importancia la celebración de la Eucaristía, en la que se simboliza y
realiza la unidad de todos los que creen en Cristo.
50 Las Iglesias de Oriente, afirma el mismo Concilio Vaticano II, han
mantenido el sacramento del Orden y nuestra misma fe eucarística (cfr. UR
15), mientras que algunas comunidades cristianas no católicas de Occidente
no han conservado la genuina e íntegra sustancia del misterio eucarístico,
debido sobre todo a la carencia del sacramento del Orden, aunque conmemoran
en la Santa Cena la muerte y resurrección del Señor, profesan que en la
comunión de Cristo se significa la vida y esperan su glorioso advenimiento (cfr.
UR 22). Por esta razón, la misma celebración del sacramento de la unidad nos
urge a descubrir los valores positivos que se dan en las Iglesias y
comunidades eclesiales que no están en plena comunión con la Iglesia
católica y a dirigirlos a su plenitud en una actitud que sepa reconocer que
la unidad, al igual que la Eucaristía, es obra de Dios, que nos llama a una
cooperación activa y responsable "con amor a la verdad, con caridad y
humildad" (UR 11).
51 Una parroquia viva es idéntica a una comunidad eucarística: "No se
edifica ninguna comunidad cristiana si no tiene como raíz y quicio la
celebración de la Sagrada Eucaristía; por ella, pues, hay que empezar toda
la formación para el espíritu de comunidad" (PO 6). Por lo tanto, la
planificación y actuación de los programas pastorales deben comenzar y pasar
realmente por la Eucaristía celebrada, y contemplada en la adoración, para
producir frutos, particularmente, en el campo vocacional.
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